jueves, 24 septiembre, 2026

Cristian López, gerente general de Google Cloud Chile: “La inteligencia artificial dejó de ser un piloto y comenzó a intervenir procesos de negocio”.

Con más de 19 años de trayectoria en la industria tecnológica, el ejecutivo asumió el liderazgo de Google Cloud en Chile en un momento decisivo: la inteligencia artificial está dejando atrás la experimentación para incorporarse directamente a los procesos críticos de las organizaciones. En conversación con Revista e-Negocios, analiza el avance de la IA agéntica, los desafíos de gobernanza y seguridad, el impacto sobre la productividad y las oportunidades que tiene Chile para consolidarse como un hub tecnológico de alcance regional.

Cristian López ha vivido desde dentro algunas de las transformaciones más significativas de la industria tecnológica de las últimas dos décadas. Su carrera comenzó en IBM, donde permaneció cerca de cuatro años en posiciones vinculadas a operaciones y ventas. Posteriormente desarrolló gran parte de su trayectoria en Oracle Chile, compañía en la que estuvo cerca de nueve años, antes de incorporarse a Google Cloud.

En Google comenzó como Field Sales Manager, liderando el área comercial. Más tarde asumió interinamente la gerencia general y posteriormente fue confirmado en el cargo, desde donde hoy encabeza la estrategia de Google Cloud en Chile.

Su llegada a esta posición coincide con un cambio profundo en el mercado. Las compañías ya no están preguntando solamente qué pueden hacer con inteligencia artificial. El desafío comienza a ser otro: cómo incorporarla en sus procesos, escalarla, gobernarla, proteger los datos y, sobre todo, demostrar que produce resultados concretos.

Para López, esa transición marca el inicio de una nueva etapa.

Asumes la gerencia general de Google Cloud Chile en un momento en que la inteligencia artificial dejó de ser únicamente experimental y se convirtió en una prioridad de negocio. ¿Cuál es el mandato que te has propuesto para esta nueva etapa?

Mi principal objetivo es ser un embajador de la tecnología de Google Cloud en Chile y conseguir que pueda ser adoptada de manera efectiva por las organizaciones.

Eso requiere mucha cercanía con las empresas, pero cuando hablo de empresas no me refiero exclusivamente al sector privado. También estamos trabajando con el mundo público y académico, porque existe un desafío mucho más amplio de difusión, capacitación y adopción tecnológica.

Hoy una parte importante de nuestro rol consiste en ayudar a que las organizaciones comprendan realmente las capacidades de la inteligencia artificial.

Google Cloud tiene una propuesta que considero particularmente relevante porque contamos con un enfoque de full stack. Podemos ofrecer desde infraestructura —TPU y GPU— hasta modelos de inteligencia artificial, herramientas de ciberseguridad, capacidades de gobierno y orquestación.

Al mismo tiempo, entregamos flexibilidad. Una empresa puede utilizar los modelos de Google, como Gemini, pero también integrar otros modelos según sus necesidades.

Eso es importante porque el mundo tecnológico es abierto. Las organizaciones necesitan alternativas, pero también requieren una plataforma desde la cual puedan gobernar, controlar y orquestar lo que están utilizando.

Y ahí aparece un tema que será cada vez más relevante: el control de costos. Con inteligencia artificial puedes tener muchas personas experimentando simultáneamente, consumiendo recursos y tokens. Por eso las empresas necesitan visibilidad y gobierno.

La discusión ya no es simplemente cómo utilizar inteligencia artificial, sino cómo hacerlo de manera segura, eficiente y económicamente sostenible.

En Chile ya existen empresas utilizando inteligencia artificial, datos y automatización en distintos procesos. ¿Qué te muestran esas experiencias sobre el nivel de madurez que está alcanzando el mercado?

Veo un cambio muy importante en la forma en que las compañías entienden la tecnología. Ya no se trata solamente de innovar porque sea interesante hacerlo; las organizaciones están buscando que la tecnología genere valor.

Y eso está ocurriendo prácticamente en todas las industrias: retail, servicios financieros, banca, seguros, cajas de compensación, telecomunicaciones, salud y muchas otras.

Cada industria tiene procesos diferentes y, por lo tanto, casos de uso distintos. Pero existe un elemento común: la tecnología permite transformar esos procesos para hacerlos más ágiles, automáticos y eficientes.

Lo interesante es que comenzamos a ver resultados bastante tangibles. Las compañías están midiendo el impacto.

Por supuesto, esto recién comienza y todavía queda muchísimo por avanzar. Pero durante una primera etapa vimos principalmente experimentación, pilotos y chatbots. Hoy estamos entrando en una fase diferente: la inteligencia artificial empieza a intervenir directamente procesos de negocio.

Puedes automatizar parte de un proceso financiero y disponer de información en tiempo real; puedes mejorar la gestión de talento en recursos humanos; puedes generar contenidos y experiencias personalizadas desde marketing; o puedes transformar la atención de clientes.

Ahí está ocurriendo el verdadero cambio.

Estamos pasando del piloto a procesos de negocio donde existe impacto real y medible.

Esa transformación normalmente se asocia a eficiencia y rentabilidad. ¿Cómo evitar que la discusión sobre inteligencia artificial quede reducida únicamente al resultado financiero?

Hay tres dimensiones que para mí son fundamentales: primero están las personas, después los procesos y finalmente la tecnología.

La tecnología es un habilitador.

Por eso una parte muy importante de nuestro trabajo consiste en capacitar a las personas y ayudarlas a entender cómo la tecnología puede transformar su día a día.

Eso puede comenzar con algo muy sencillo, como ser más eficiente preparando una presentación o redactando un correo, y avanzar hacia procesos mucho más sofisticados, como gestionar órdenes de compra, capacitación, atención de clientes o procesos operacionales completos.

Tenemos, por ejemplo, un caso muy interesante en telecomunicaciones. Se trata de un centro de atención que opera para Chile y Perú, donde los clientes siguen siendo atendidos por personas, pero incorporamos inteligencia artificial para apoyar en tiempo real a esos agentes humanos.

La inteligencia artificial permite acceder rápidamente a información relevante sobre el cliente y facilita que el ejecutivo pueda ofrecer productos o servicios mucho más personalizados.

En ese caso, el resultado fue un incremento cercano al 40% en ventas.

Es un impacto directo sobre el negocio, pero no termina ahí. El cliente recibe una atención más relevante y personalizada; el colaborador cuenta con mejores herramientas para desarrollar su trabajo; aumenta su productividad e incluso puede mejorar su compensación si existen incentivos variables asociados a las ventas.

Cuando la tecnología funciona de esa manera, genera valor para la compañía, para sus trabajadores y para el cliente final.

Cuando un directorio o una gerencia general decide escalar la inteligencia artificial, aparecen desafíos relacionados con datos, procesos, talento y gobernanza. ¿Dónde están hoy las principales barreras?

Los directorios tienen un rol extremadamente importante.

Estamos entrando en una nueva era, la era agéntica, y creo que gran parte de esta transformación necesita una adopción que comience desde arriba.

Si el C-level, la gerencia y el directorio no están convencidos de esta transformación, es muy difícil que después la organización pueda adoptarla correctamente.

Por eso una parte de nuestro trabajo consiste en conversar con los directorios y explicar qué son capaces de hacer estos agentes: cómo pueden razonar, ejecutar determinadas tareas, participar en procesos y automatizar parte de las operaciones.

Veo 2026 como un año bisagra.

Las compañías están tomando la inteligencia artificial mucho más en serio y existe una percepción creciente de que incorporarla ya no es solamente una alternativa.

Pero hacerlo correctamente exige responsabilidad. Hay que hablar de seguridad, presupuesto, gobernanza, arquitectura y datos.

Probablemente uno de los desafíos más importantes que enfrentan hoy las compañías es aprender a utilizar mejor sus propios datos, protegerlos y convertirlos en información que permita tomar decisiones con mayor velocidad.

No basta con incorporar una herramienta. La pregunta relevante es cómo esa tecnología se integra al negocio y cómo la organización mantiene control sobre ella.

Google Cloud busca posicionarse no solamente como proveedor de infraestructura, sino como socio estratégico de transformación. ¿Dónde comienza y dónde termina ese acompañamiento?

La adopción tecnológica puede ser bastante abrumadora para las compañías.

Hoy todas las empresas tecnológicas hablan de inteligencia artificial y existe una cantidad enorme de información. Para un cliente puede ser difícil entender qué tecnología necesita, para qué caso de uso y cómo llevarla posteriormente a escala.

Por eso el acompañamiento tiene que ir mucho más allá de entregar una plataforma.

Estamos incorporando equipos de ingeniería que trabajan directamente con los clientes para entender un caso de uso, desarrollarlo y posteriormente analizar cómo escalarlo dentro de la organización.

Aquí aparecen los Forward Deployed Engineers (FDE), ingenieros que se acercan al problema concreto del cliente y trabajan junto con él en su implementación.

La combinación es muy potente porque nosotros conocemos profundamente la tecnología, pero quien realmente conoce el proceso es el cliente.

El cliente pone sobre la mesa su conocimiento del negocio y nosotros aportamos la capacidad tecnológica para transformar ese proceso, automatizarlo y hacerlo más rápido.

Además, tenemos especialistas por industria.

Contamos con expertos en servicios financieros, retail, manufactura, consumo masivo, salud y otros sectores. Son profesionales capaces de conectar el lenguaje del negocio con las posibilidades de la tecnología.

Eso es fundamental.

Una compañía no llega diciendo “quiero determinada arquitectura tecnológica”. Generalmente llega con un problema de negocio.

Nuestro desafío es traducir ese problema en una solución tecnológica que tenga sentido.

A medida que los agentes de IA comienzan a ejecutar tareas y participar directamente en procesos empresariales, aumentan también las preocupaciones sobre seguridad, privacidad y gobernanza. ¿Cómo avanzar rápido sin perder el control?

No creo que todo se trate de avanzar rápido. A veces también hay que detenerse y pensar bien la arquitectura.

Cuando incorporas tecnología tienes que entender primero qué procesos de negocio serán impactados y diseñar una arquitectura que tenga sentido para ellos.

Si sabes cuáles son esos procesos, cuántas personas utilizarán la tecnología, qué capacidad necesitan y cuál es el nivel de sofisticación de cada caso, entonces puedes comenzar a gobernarla adecuadamente.

Ahí aparecen la orquestación, la seguridad y el control.

Dentro de Google Cloud tenemos, por ejemplo, herramientas como Model Armor, que agregan una capa de protección a las interacciones con modelos de inteligencia artificial.

El punto es que las organizaciones puedan utilizar inteligencia artificial protegiendo información sensible y evitando que una interacción inadecuada termine generando riesgos para la compañía.

A medida que estos sistemas empiezan a participar en procesos relevantes, la ciberseguridad deja de ser un complemento y pasa a ser parte de la arquitectura desde el inicio.

Al mismo tiempo, la inteligencia artificial está haciendo que desarrollar soluciones tecnológicas sea cada vez más sencillo. ¿Cambiará también el tipo de talento que necesitarán las empresas?

Sí. La tecnología está avanzando a una velocidad tal que para determinadas soluciones cada vez necesitas menos especialización técnica tradicional.

Pero eso no significa que desaparezca la necesidad de talento.

Lo que cambia es el tipo de talento que necesitas.

Se vuelve extremadamente relevante contar con personas capaces de entender el problema, analizar un proceso y determinar dónde la tecnología puede generar mayor valor.

Hoy existen herramientas que permiten desarrollar aplicaciones con inteligencia artificial de una forma mucho más rápida que antes. En Google, por ejemplo, tenemos Antigravity, orientada al desarrollo con inteligencia artificial.

Eso permite abordar aplicaciones empresariales que antes podían demandar mucho más tiempo y recursos.

Pero nuevamente aparece el mismo principio: la tecnología por sí sola no resuelve el problema. Necesitas comprender el negocio.

Por eso, además de ingenieros, tenemos especialistas de industria capaces de entender cómo funciona un banco, una empresa de retail, una compañía de manufactura o un prestador de salud.

Esa intersección entre conocimiento del negocio y tecnología será cada vez más valiosa.

Si ampliamos la mirada, ¿qué tendría que ocurrir para que Chile no sea solamente consumidor de tecnología, sino también un país capaz de desarrollar soluciones y casos de uso exportables hacia Latinoamérica?

Ese es uno de los desafíos más interesantes.

Creo que Google Cloud tiene una responsabilidad importante desde Chile, no solamente trabajando con las empresas, sino también acercándonos al sector público, universidades, institutos profesionales y al mundo educacional.

Chile tiene condiciones particularmente interesantes para posicionarse como polo tecnológico.

Existe una ventaja geográfica y también una capacidad importante de generación energética, tanto solar en el norte como eólica en otras zonas del país. Evidentemente existen desafíos —por ejemplo, en transmisión—, pero las condiciones están.

También existe una dimensión de conectividad digital muy relevante.

Google ha desarrollado infraestructura que conecta Chile con otros mercados a través de cables submarinos como Curie, que conecta la costa chilena con Estados Unidos, y el proyecto Humboldt, que establecerá una conexión directa entre Sudamérica y Asia-Pacífico a través de Australia.

A eso se suman nuevas iniciativas de conectividad en el continente americano.

¿Por qué se realizan estas inversiones? Porque existe una convicción respecto de las capacidades que tiene Chile.

Somos un mercado más pequeño en población que otros países latinoamericanos, pero existe un nivel de madurez y una velocidad de adopción tecnológica muy relevantes.

Además, desde Chile han surgido startups y compañías capaces de escalar internacionalmente.

Mi impresión es que esa capacidad seguirá creciendo y que Chile puede ocupar una posición muy interesante dentro del ecosistema tecnológico latinoamericano.

Desde tu nuevo rol, ¿qué transformación concreta te gustaría observar en las empresas chilenas durante los próximos años?

Primero quiero asegurarme de que tengamos el mejor equipo posible y, cuando hablo de las mejores personas, no pienso solamente en conocimiento técnico.

Pienso especialmente en vocación de servicio.

Google Cloud es una compañía de servicios y nuestro trabajo consiste en lograr que nuestros clientes y nuestro ecosistema de partners tengan una buena experiencia tanto con nuestra tecnología como con la manera en que hacemos negocios.

Eso involucra elementos como ética, sostenibilidad, privacidad y protección de datos.

Tenemos que estar a la altura de esas conversaciones.

Desde ahí, me gustaría que la tecnología pudiera convertirse realmente en un elemento transformador de la manera de hacer negocios.

En retail, por ejemplo, ya estamos viendo cambios profundos en personalización, atención de clientes y comercio electrónico. Pero este fenómeno ocurre prácticamente en todas las industrias.

Y respecto de la inteligencia artificial, mi expectativa es bastante concreta: que permita que las personas puedan hacer su trabajo mejor y en menos tiempo.

Eso incluso conecta con discusiones como la reducción de la jornada laboral.

Si somos capaces de utilizar tecnología para ser más eficientes, atender mejor a nuestros clientes, automatizar tareas repetitivas y liberar tiempo de las personas, el impacto no será solamente empresarial.

También puede mejorar la calidad de vida.

Me gustaría que la tecnología permitiera que las personas hicieran bien su trabajo y, al mismo tiempo, tuvieran más espacio para disfrutar su vida personal.

Cuando eso ocurra de manera extendida, estaremos hablando de una transformación mucho más profunda que simplemente incorporar inteligencia artificial.

Estaremos hablando de una economía más productiva, organizaciones más desarrolladas y una tecnología verdaderamente puesta al servicio de las personas.